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LA CULPA fue del protocolo, MEDIOCRIDAD Y CONDESCENDENCIA

MC (BAJO EL YUGO DE LA) MEDIOCRIDAD Y CONDESCENDENCIA

No, la culpa no fue del chachachá, la culpa fue del protocolo. Esa es la gran excusa y argumento para justificar cualquier error y que la responsabilidad de los fallos no alcance a quienes decidieron cómo se deben hacer las cosas.

En los últimos años estoy comprobando y viviendo situaciones que me han hecho llegar a la conclusión de que los alumnos, con más dificultades económicas y con familias más desestructuradas, están siendo “tutelados y amparados ” bajo el yugo de la mediocridad y de la condescendencia.

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LA CULPA FUE DEL PROTOCOLO

Los casos de vulneración de sus derechos como niños son continuos. Una vulneración sobre ellos que me indigna sobremanera son las sanciones sobre las becas comedor. Conozco casos de niñas/os que fueron expulsadas del derecho a comedor (el derecho a la comida) porque sus padres no podían pagar la parte que les correspondía para complementar la beca que recibían.

No entro en cuál puede ser la razón de porqué sus padres no pagan la parte que ha estipulado la Administración: puede ser por indigencia, problemas con las drogas, otras prioridades económicas familiares, desidia de los padres… Cualquier razón es buena para que actúe el protocolo y deje sin su derecho a la comida a esos niños y niñas.

¿Qué culpa tienen de vivir en situación de pobreza, desestruturación familiar, conflictos o adiciones? ¿Por qué la solución es sancionar a la familia y que lo sufran esos niños?

Me parece indignante la excusa del protocolo: la culpa fue del protocolo.

Sé de casos en que niños y niñas son trasladados de su zona escolar a escuelas de alta complejidad porque es más fácil desembarazarse de ellos y, que “sus” problemas se traten desde centros en donde se “aparcan” a los niños de las familias con más dificultades, así como los casos personales de salud mental y de comportamiento. Se aísla a una niña de su entorno escolar porque la familia no encaja con los objetivos sociales y educativos del centro.

Me parece indignante la excusa del protocolo: la culpa fue del protocolo.

O casos de alumnos que no pisan las aulas, al cabo de un tiempo son avisados los Servicios Sociales. Acto seguido hay reuniones de los servicios pedagógicos del centro, de los servicios sociales, incluso puede ser que asista la policía municipal… Se aplican los protocolos… va pasando el tiempo, los alumnos no vuelven a la escuela, los protocolos se eternizan, los alumnos entran en procesos sociales que les pueden llevar a delinquir, ser objeto de abusos, o cualquier otra barbaridad… Y se continúan aplicando los protocolos… pero no pasa nada. Todo el mundo actúa según el protocolo, se observa el caso desde la condescendencia, se dispersa la responsabilidad… y si alguno de ellos cae en alguna situación de abusos… el que ha fallado es el protocolo.

Me parece indignante la excusa del protocolo: la culpa fue del protocolo.

Responsables sociales, políticos, municipales y educativos deciden cómo actuar según unos protocolos, se observa a los más desfavorecidos desde la más pura condescendencia y caridad, se aplican protocolos en muchas ocasiones sancionadores, nunca superadores de situaciones, a lo sumo se ayuda en momentos determinados; pero aquellos que han decidido cómo son y cómo se aplican los protocolos ven como se disuelve su responsabilidad cuando falla el protocolo. La conclusión es:  Haremos lo posible y deberemos mejorar el protocolo.

Me parece indignante la excusa del protocolo: la culpa fue del protocolo.

Cuando se actúa en casos de familias con emergencia social, estamos tapando un agujero, solventando un momento determinado, haciendo un acto social caritativo. Lo que se debería hacer es aplicar actuaciones que restablezcan la justicia social, que rescaten a las familias que no pueden o no saben salir de las situaciones de pobreza, adiciones o cualquier otro problema.

Estoy convencido de que no se debe sancionar o, en el mejor de los casos, ayudar temporalmente.

Me parece más conveniente que las familias que están en situación de exclusión social: prostitución, drogas, indigencia, problemas mentales, estilos de vida, inmigración… sean tutorizadas durante, al menos, tres generaciones. Sé de familias que no saben como salirse de la situación en la que viven, en que necesitan un coach social, un mentor o cualquier otra figura que analice su situación familiar, económica, entorno social y les proponga pequeños cambios para que en la segunda y tercera generación encaminen su trayectoria a una situación de normalidad.

Muchas familias con estas situaciones reproducen los embarazos tempranos, a partir de los 15 años, las dificultades económicas de “ir trampeando”, repiten también los hábitos familiares y presentan características de riesgo en todas las generaciones.

¿No sería mejor acompañar, mentorizar a esas familias, enseñarles a cambiar los estilos de vida y facilitarles que la segunda y tercera generación puedan normalizar su situación?

En estas familias conviven 3 generaciones en cuestión de 20 años. No creo que sea difícil probarlo y seguro que no es tan caro como “rescatar” un banco.

Pues va ser que no. Para mentes que se definen como universitarias y que ocupan cargos de responsabilidad prefieren tratar con familias, que suponen son sus iguales (universitarias, cultas y de clase media), que no con las familias en que tu interlocutor se explica mal o grita. 

Los seres humanos nos hemos caracterizado por nuestra inteligencia, sociabilidad y protección de los débiles por parte de toda la sociedad, especialmente eran lo más fuertes los que garantizaban la seguridad de los más necesitados.

Así nos hemos comportado durante más de 100.000 años, al menos hasta bien implantada la revolución neolítica. A partir de la distribución del trabajo, de la segregación de género que posiblemente se inició en la época neolítica, la Humanidad ha creado más y más leyes, normas, costumbres y religiones para gobernarnos, a veces bien, a veces muy mal.

Hay quien sostiene como Carlo Maria Cipolla en su “Teoría de la Estupidez Humana” y Pino Aprile en “El elogio del imbécil” que nuestra sociedad con sus normas y protocolos es un punto culminante de la evolución humana y que ha servido para que muchas personas podamos vivir, no necesariamente mejor que nuestros antepasados, mediante  protocolos que hemos establecido, costumbres y normas para que los menos sobresalientes, no los más tontos, tengan la posibilidad de garantizar la continuidad de la especie.

Como nos comenta Aprile en su libro, los protocolarios y la burocracia hacen que todo el engranaje funcione con lentitud pero que los menos dotados no piensen y realicen sus actividades humanas sin responsabilidad.

Acabo con este texto de Pino Aprile:

Pedí confirmación a un amigo mío, excelente neurólogo, y me contestó: «Para llevar una vida normal bastaría una película de corteza cerebral de apenas 0,5 milímetros de grosor.» Pensé que exageraba, que me estaba tomando el pelo.
—¿Y el resto es agua? —pregunté.
—¿Te gusta más el serrín? —replicó.
Por muchas vueltas que le diera a la cuestión, siempre llegaba al mismo punto: el hombre, en el momento actual de su evolución, necesita una cantidad limitada de materia cerebral, y por tanto de inteligencia.
Lo que les ha ocurrido a los animales domésticos es válido también para nosotros. Darwin ya había tenido esta intuición cuando afirmó que se nos puede comparar a los animales que fueron domesticados hace miles de años. En este sentido, de hecho, ninguno está tan domesticado como nosotros.
Trazar un paralelismo entre los efectos de la domesticación sobre los perros y los de la sociedad sobre los hombres no es ninguna novedad. Adiestrar a un animal significa educarlo para que reaccione con comportamientos preestablecidos a estímulos determinados. El perro criado para vigilar está condicionado a lanzarse sobre cualquier desconocido que se aventure en el territorio que él defiende. De forma similar, el hombre integrado en la sociedad está educado para comportarse de acuerdo con las normas de la función que le ha sido asignada. Mediante reglas, preceptos, instrucción, hábitos, se impone toda una serie de comportamientos a los que atenerse.
En ambos casos, la inteligencia se vuelve superflua; cae en desuso o se suprime. Para explicar el modo en que disminuye el ingenio en el tiempo el escritor argentino Jorge Luis Borges, uno de los más grandes del siglo XX, me explicó que los hombres de verdadero talento, en cualquier época, son contemporáneos de otros que vivieron en el pasado, no de los que viven en sus mismos días. Su mente es más aguda y dialogan más con una remota «dinastía dispersa de solitarios». Para encontrar algo a su nivel, tienen que remontarse a siglos anteriores (lo mejor está en el pasado), «incluso Homero», observó Borges. «tuvo que contar hechos ocurridos cuatrocientos años antes que él».
En síntesis: el recorrido evolutivo de nuestra especie, en cuanto a las capacidades intelectuales, ha conocido una creciente propensión a aumentar durante millones de años. Después ese aumento se detuvo y se invirtió la tendencia. Esto es innegable. La pregunta, destinada por otro lado a quedar sin respuesta, es la siguiente: ¿esa disminución ha sido sólo un ajuste, un retroceso debido al exceso, o bien es el inicio de un camino en sentido contrario al que ha guiado nuestra evolución. En otras palabras: ¿seguirá declinando la inteligencia hasta su total desaparición?

Artículo que publiqué en la revista INDE21 el 4 de julio del 2016


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